Los primeros torneos consistían en que un grupo de nobles y sus caballeros formaban dos pequeños ejércitos, acordaban unas cuantas normas básicas y se preparaban para luchar por un terreno determinado durante un día concreto, o parte de un día. Si algún señor había invitado a otros, probablemente demostrara su larguesse otorgando premios a los caballeros que hubieran combatido valientemente.

Una de las normas de los torneos consistía en que si a uno hacían prisionero, debía entregar su caballo, sus armas y su armadura a su captor y pagar un rescate, como en la guerra real; no resultaba fácil juzgar un ataque a campo abierto en un terreno que podía abarcar muchas millas, pero no cabía duda quien había capturado a quién. Los caballeros aceptaban la casi total certeza de que iban a terminar el día agotados y llenos de magulladuras, con bastantes probabilidades de resultar heridos o lisiados o resultar muertos si la habilidad o la suerte les fallaban.

Muchos caballeros se convertían en auténticos adictos a los torneos, forma rápida de ganar una fortuna o de perderlo todo. Se cuenta como, después de grandes torneos, decenas de caballeros derrotados salían corriendo hacia los prestamistas. También se narra que muchos caballeros que habían perdido todas sus riquezas en los torneos, eran salvados de la ruina total y del encierro por sus esposas, reuniendo lo suficiente para pagar el precio del rescate.

Quienes disfrutaban de los torneos aseguraban que eran muy útiles. ¿De qué otra manera podían los caballeros en tiempo de paz, practicar las artes de la guerra? Los torneos eran las mejores escuelas de armas. Además, sin ellos los caballeros habrían estado inquietos y pendencieros y es mucho más fácil que estallaran peleas y desordenes.

Los caballeros sujetaban la lanza firmemente bajo la axila, dirigían la punta contra su oponente y se lanzaban a la carga, con todo el peso del caballo y del jinete tras la afilada punta. Cada caballero trataba de golpear al contrario con la fuerza y la puntería suficientes para desmontarlo de la silla, lo que exigía una habilidad considerable. Estas competiciones eran más fáciles de observar y juzgar que los torneos y mucho menos más peligrosas. Los distintos tipos de justas terminaron por tener sus propias reglas y sus propias armaduras, se introdujeron yelmos más grandes y resistentes que habrían resultado demasiado incómodos y pesados para utilizarlos en batalla.

 

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